Destrucción masiva
Sonidos mecánicos. Pistones en movimiento. Silbidos de la salida de vapor a presión a través de las válvulas. Luces que parpadean en la consola de control bailando rítmicamente, siempre siguiendo siempre un mismo patrón. Como si de una nube de hadas se tratase que juguetonamente disfruta danzando al son de una música imaginaria.
Los condensadores de firulillos almacenan energía. Los capacitores de fluzos transportan corriente. Los prismas de vidrio pétreo se colocan en posición. Los técnicos terminan de ajustar las cóncavas lentes convergentes.
El aparato de contención de campos paramagnéticos emite su zumbido característico. Los inyectores de mokrita retroalimentan los capacitores. Los varistores se autoajústan en función de los resultados de los acelerómetros gamussianos. Los telémetros láser calculan la distancia.
En la panel de control las luces cambian su patrón. Las caprichosas hadas se han cansado de bailar siempre igual y han decidido cambiar sus coreografía por otra más complicada. La melodía ha llegado a su final y el reproductor de música ha pasado a la siguiente canción.
Las bielas ahora van más deprisa. Los pistones conectados a ellas aceleran. Las válvulas emiten silbidos más cortos y más seguidos. Los condensadores de firulillos chisporrotean. Los capacitores de llenan. Los prismas dirigen un rayo láser hacia las lentes bicóncavas, que a su vez concentran los rayos en una campana de vidrio transparente, en la que flota una purpurescente esfera cristalina. Esta empieza a contener energía. Muchas luces parpadean. Las hadas empiezan a revolotear con frenesí. Los diales y las agujas que están por todas partes empiezan a subir y a bajar recorriendo toda la escala. La pantalla de rayos catódicos dibuja una linea ondulada, con afilados picos. Los picos se juntan y se separan a intervalos irregulares, eventualmente se hace plana y finalmente se vuelve a rizar.
Unos péndulos comienzan a oscilar, arriba y abajo el primero de ellos y alante y atrás el segundo, en dirección perpendicular al primero. Se cruzan y se vuelven a cruzar, pero jamás chocan pues están bien sincronizados.
El campo de contención paramagnética se debilita, pues la esfera giroscópica gamussiana acumula una gran cantidad de energía. La linea se ondula dibujando una forma sinusoidal. Se estira y se hace plana. Uno de los técnicos gira unas ruedas para alterar la escala. Todo funciona ahora mucho más deprisa. Repentinamente una luz ilumina todo. Un destelló de duración nula. Y después nada.
Los condensadores de firulillos se descargan, los capacitores de fluzos ya no transportan corriente a los piruladores que se encargan de refrigerar las lentes. El aparato de contención de campos paramagnéticos está totalmente achicharrado. El olor a ozono impregna el ambiente. Ningún rayo láser se dirige a ninguna parte. Los prismas son ahora cilíndricos.
Nada vibra. Nada zumba. nada gira, nada se eleva y desciende. No hay presión en los pistones. Los inyectores ya no inyectan nada. Las hadas no bailan. Están muertas. Una luz parpadea. Un último latido moribundo de un minúsculo corazón. No hay música, no hay canciones. No hay sonido. En el interior de la campana de vidrio no hay nada. Absolutamente nada. La válvula de presión indica que dentro por no haber ni siquiera hay vacío. Los péndulos están estáticos en una posición distinta de la de reposo. El sistema de retroalimentación anti-paradojas comienza a funcionar. Se encienden las luces de emergencia. No importa. No hay nadie. Al primer síntoma de mal funcionamiento los científicos habían abandonado el laboratorio.
Las armas nucleares acababan de pasar a la historia. El arma de destrucción definitiva estaba aquí. Por lo que incumbía a los científicos responsables del laboratorio este experimento no se había llevado a cabo. No podía llevarse a cabo. La destrucción molecular era imposible. El nuevo arma de destrucción masiva no podía existir. Evidentemente podía. Lo habían demostrado. Habían hecho desaparecer materia sin que se produjera ni se consumiera energía. Sin que la materia apareciera en otro sitio. Sin ninguna consecuencia, excepto la pérdida del becario que estaba controlando la pantalla y alterando al escala para ver algo.
Ahí estaba el problema. Un arma que no deja víctimas, que lo que toca simplemente desaparece. Sin muertos, sin heridos. Sin consecuencias morales. Ya existen animales capaces de utilizar armas de destrucción masiva convencionales contra la población civil. De intoxicarla, envenenarla, reventarla desde dentro y desde fuera, quemarla viva y de achicharrarla en ácidos y en abrasivos. ¿Cómo sería la situación si dispusieran de una herramienta que simplemente la hiciera dejar de existir? ¿Cuántos genocidas en potencia que se asustan cuando ven sangre o se horrorizan ante imágenes de cadáveres se olvidarían de sus fobias ante la carne muerta y comenzarían a hacer desaparecer discretamente al objeto de su odio?
A una escala mayor se podían hacer desaparecer planetas. De hecho era incluso más sencillo, pues cuanto mayor masa tenía el objetivo mayor era el efecto.
Realmente los usos prácticos de este ingenio servían mejor al mal que al bien. Podías hacer desaparecer residuos nucleares y otras cosas, pero nadie sabía si lo que desaparecía volvía a aparecer en algún lugar, o en el mismo, ni cuando ni en que estado. Todas los indicios decían que no volvían a aparecer.
Yo por mi parte me retiré del proyecto, queme mis notas y pedí un año de excedencia. Nunca volvería a participar en un proyecto gubernamental. Ninguno de nosotros lo haría.
Me fui de vacaciones a Australia. Quería bucear en los atolones. Desde niño lo había deseado. A fin de cuentas estaba ya muerto. Una bala siempre es más efectiva que una clausula de confidencialidad. Ningún experimento en la historia de la ciencia había sido tan caro. Ningún proyecto había sido tan costoso. Ningún experimento exitoso había sido nunca cancelado porque los investigadores se negaban a continuar con la investigación. Sería pronto y sería desde atrás. Sin afectación. En la nuca. Nada importaba. Me terminé de calzar las aletas mientras escuchaba al instructor. Escuchaba con ansia. COmo un niño pequeño. Deseaba saber más cosas sobre el ecosistema del pez payaso y su relación con las anémonas. Era lo único que me importaba. La bala llegaría cuando llegase. Esa sería mi notificación de que estaba fuera del programa.
1 comment "29 Agosto 2007"
