Todo empezó hace millones de años, cuando toda la materia del Universo, estaba concentrada en un solo punto, tan pequeño y tan caliente, que apenas somos capaces de concebirlo. Repentinamente todo aquello colapso y comenzó a expandirse. Eso es lo que se conoce como Big-Bang o en castellano, la Gran Explosión, pero avancemos todos esos millones de años hasta la actualidad y centremonos en nuestro relato.
La historia que les voy a relatar es completamente real. Todo sucedio en una noche de otoño, en uno de los lugares más terroríficos que existen, un restaurante de la franquicia McDonal’s. Y la verdad ¿quien no tendría miedo de un payaso con cara de sádico, que padece de hiperactividad y tiene voz de pito? La verdad es que éste relato no trata de payasos, exceptuando quizás a un servidor. Tampoco trata de sádicos alevosos, maníacos que no pueden para de reirse, y mucho menos de personas con voz aguda porque se han tragado un silbato.
Lo triste es que como en tantas ocasiones, mi cabeza no estaba donde tienes que estar, así que me sente en una silla en la planta superior del restaurante situado en la calle Mayor, en las inmediaciones de la Puerta del Sol, donde a tantas fiestas de cumpleaños infantiles había acudido en mi más tierna infancia. La riñonera en la que llevo mis cosas me molestaba porque daba con la mesa. Total, que me quité la riñonera y me la guardé en la mochila. O eso pensé, porque cuando una hora más tarde abrí la mochila para sacar la riñonera ésta ya no estaba.
Si señor, me la había dejado en el McDonal’s, junto con mi cartera (llevava dos tristes euros, la tarjeta del cajero, el Documento Nacional de Identidad, la tarjeta de la Universidad, la PDA, tres cartas Magic que habia cambiado un socio para una baraja que estoy construyendo, valoradas en unos quince euros entre las tres, el Abono transportes para zona B1, que me permite ir a la universidad y al trabajo y volver a mi casa sin tener que estar sacando billetes de metro, tren y autobús , y además de forma más barata y alguna cosa más. En total todo valorado en 239 euros.
Anulé la tarjeta del cajero, llegué a mi casa (el teléfono movil y las llaves las llevaba en el bolsillo, cosa rara, porque siempre están en la riñonera) y me dispuse a hacer la denuncia por internet. Me planto en la pantalla de confirmación de datos y “No ha seleccionado la comisaría para firmar su denuncia”. En fín, volvemos atrás y seleccionamos la de Carabanchel. Otra vez a la pantalla de confirmación. Leo los datos y, maldita sea, he puesto mal mi dirección, he metido un gazapo en mi numero de portal, se me ha colado un dos por un tres. Otra vez atrás, y compruebo en esa misma pantalla por si hay algo que debo cambiar. Todo en orden. Paso a la pantalla de confirmación. Acerco el puntero del ratón al botón de enviar. Me dispongo a pinchar sobre el botón. Suena mi teléfono móvil.
Sorpresa sorpresa, un hombre se ha encontrado mi riñonera y ha visto mi teléfono en la pantalla de la PDA (que inminentemente debería quedarse sin batería). Hablé con el y resulta que vive muy cerca de mi casa, con lo grande que es Madrid. Así que quedé con él y ya tengo lo que es mío, en perfecto estado.
Cuando parece que ya no queda gente que respete los valores morales y las costumbre para vivir en civilización me sorprendo. Supongo que es una forma de recompensa por itentar ser yo también una buena persona y un estímulo para no perder la fé en la humanidad y hacer favores desinteresados que no cuesta mucho esfuerzo sin que nadie me los pida, pues repercuten indirectamente en mi propio beneficio y en el de los demás.
Que conste en acta que soy un cabeza hueca, pues ésta es la cuarta vez que pierdo el abono transporta a primeros de mes en los últimos tres años y lo recupero al día siguiente por la mañana.
Sin más de despido hasta mi proxima historia paranormal. Cuidado con los payasos sádicos, no sea que se apoderen de vuestros silbatos y decidan comérselos.